19.2.09


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14.1.09

Escpeta para elefantes

3.3

Una antigua parábola hablaba sobre la lección que un maharishi le daba a un cazador tras colocarlo en una encrucijada moral: puede que uno no sea capaz de describir todo lo que vea, y hay cosas que uno puede describir que puede no haber visto en verdad. Este cazador es la excepción: es capaz de describir todo lo que ha visto. Cada detalle. Y nada más. El cazador y su memoria se encuentran muy lejos de su objetivo. Por más tiempo que permanezcan en la espera lograrán saciar su hambre. Aun si actuaran: la carne se pudriría mucho antes de probarla.

Lo que el cazador desea con más fuerza es poder liberar a su memoria del yugo. Del síncope que le es suministrado cada seis meses. De las jaquecas que le produce tener que recordar sin que nada suceda.

El cazador desea volver a sentir. Y actuar.



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Beirut!


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8.1.09

Escopeta para elefantes

2.1

Odia su memoria en toda una variedad de matices. La rabia, por ejemplo, la conjuga en todo lo referente al sexo. Lo envuelve la rabia cuando lo recuerda.

Está imposibilitado para sentir placer alguno. Del sexual ni hablar, en su memoria es apenas una disposición de objetos alineados de tal forma que parezca al sexo común, como el que tú o cualquier otro pudiera sostener. Para él, coger y la idea misma del deseo no le excita en lo más mínimo. Es como un perro atado, en donde el placer, sexual y de cualquier tipo, se encuentra unos metros más allá de los que su cadena alcanza.

Él es un perro rabioso cuando de sexo se trata.



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Muela


Nota 1: La calma que precede a las punzadas anuncia la intensidad del dolor. La sensación es ésta: una decena de martillos golpeando armónicamente un diminuto punto dentro de la muela. Ni un solo sitio más. Sólo ahí. La resonancia se expande hasta alcanzar la parte derecha de la quijada y hasta el oído. Le han comparado con el dolor del trigémino: el dolor del suicida. Yo sigo vivo después de media semana. Mañana la extracción.

Nota2: Hace un año me circuncidaron. El prepucio comenzó a convertirse en un tejido fibroso. No lo pude aplazar más. Después de que una amable enfermera me canalizara, fui trasladado como un fardo hasta una plancha en el quirófano. Un sujeto en bata —más parecida a la de un intendente que a la de un médico— me descubrió el trasero y comenzó a contar mis vértebras: uno, dos, tres… Siete. «¡Quédate quieto, en posición fetal!», me dijo me untaba methiolate. Lo siguiente fue la epidural. Jamás había sentido tanto dolor: «Vas a sentir presión en las caderas». Y Vaya que la sentí: fue como colocar esas caderas en una prensa industrial. Estuvieron a punto de romperse.

Mi mitad inferior se desvaneció. No tuve que sentir cómo rasuraron todo mi vello. Sin embargo, la primera incisión la sentí. Sentí el bisturí helado y cómo el tejido se desgarraba. Ruido blanco. A punto estuve de desmayar. Prefirieron sedarme. Fade out.

Eso hace un año y lo recuerdo ahora porque después de todo, nada de ello se compara con el dolor en esta muela. Nada.

**

Día 1: Duele de la chingada el fórceps. Hicieron palanca por turnos la doctora y su asistente durante 45 minutos. Las raíces de la muela miden cerca de 2 cm. Y por si fuera poco son muy curvas. Y duele: de la chingada.

Día 2: Las infecciones bucales, dicen, son las más peligrosas cuando existe hueso expuesto. Hoy tengo fiebre: desobedecí las indicaciones de la dentista y he fumado. Quizá esté infecto. Por lo pronto ardo mientras me receto antibiótico y antipirético. Y aunque el dolor ha cedido, ardo. Mi percepción es una montaña rusa: lentas e insoportables subidas y vertiginosas caídas. El ardor consume el sudor de mi frente y mejillas.

Aunque ya no duele, arde y me vuelve estúpido en un rushestremecedorporturnos. Así.


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16.12.08

Capicúa

Hoy C me dijo que Capicúa se va a morir. Lo sintió al acariciarla y después de la visita al veterinario. Yo solo pido que la boca se le haga chicharrón. Que después de la segunda visita y la tercera y hasta la operación será tan fuerte como lo ha sido estos meses de adaptación desde que salió de un avión en un kennel hediondo.

Capicúa tiene un poco menos de medio año que me ha adoptado. La primera vez que interactuamos yo hurgaba una computadora ajena y ella me miraba como una abuela inquisidora. Hoy tenemos por lo menos tres citas diarias, me besa cuando me le acerco y jamás, jamás me ha ladrado. Yo, que odiaba la idea de tener que lidiar con una mascota (sus primeras semanas en el departamento me invitaban a ahorcarla), hoy no puedo más que pensar en su recuperación. La pérdida sería poco más que irreparable.

Que viva Capicúa. Por el bien de todos nosotros. Por lo pronto, hoy la dejaré dormir a mi lado.


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12.12.08

We Got it!!! Damn Yeah!


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22.11.08

Manualidades

Mi habilidad en cualquier tipo de tarea manual es nula. Desde el preescolar he sido un rotundo fracaso. Jamás logré dibujar más que sujetos cuadrados, casas típicas de dos aguas con sus ventanas y su puerta al centro: bodrios. Al día de hoy no logro entender qué me motivó a matricularme en el taller de dibujo técnico en la secundaria (quizá la posibilidad de dignificar mi destreza apoyado de escuadras y reglas t. Aún así fue un fiasco).

En 1994 cursaba el segundo año de secundaria. Seguía con el taller de dibujo y obviamente, reprobaba. Siempre. Para poder compensar mi ineptitud, la maestra sumaba carga de trabajo a los rezagados. Yo en primera fila. Pasaba muchas tardes sentado frente a un diminuto restirador confirmando la impericia. Lámina tras lámina. Aburridísimo mientras escuchaba la radio.

Aquél día escuchaba una estación local. Y el anuncio: Radiohead se presentaría en el teatro San Francisco. Costo: 60 pesos. Tenía que ir.

Y no fui. (Y aquí es donde pienso que mi adolescencia estuvo plagada de frustraciones, sobre todo, en lo que se refiere a conciertos). Reprobé no sólo dibujo técnico, sino que también biología y artísticas. El castigo consistió, simple y sencillamente para mi madre, no ir al concierto de 60 pesitos. Me tuve que conformar con escuchar los Casettes que grababa después de rentar algunos Cd’s en un sitio llamado Musi t-k que no era más que la versión mexicana y de provincia de un empire records (sin contar que además, no vendía nada. Todo a la renta). Ahí encontré el que hoy es uno de mis discos favoritos: my iron lung. De hecho, recuerdo que esa mismo casette lo repetí una y otra vez mientras en el teatro en Pachuca la banda tocaba: Faith, you're driving me away/ You do it everyday/ You don't mean it/ But it hurts like hell/ […] Suck, suck your teenage thumb/ Toilet trained and dumb/ When the power runs out/ We'll just hum.

Catorce años después sigo siendo un fiasco en cualquier tipo de tarea manual. Ahora, intento sin éxito seguir las instrucciones del the cardboard tree. Decido ofrecerle a C asistirla. Es mejor así: chalan. También sigue la radio, desde entonces. All i need del In rainbows suena. No más frustraciones. Ya tenemos boletos.




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