30.8.07

Tercer Día

I.
En cuanto marcaron las siete pe eme el ambiente tornó en desesperación. El silencio en la habitación y el fragor de la lluvia cayendo daba la impresión de una plaga de langostas sometiendo la casa. Los ahí reunidos no podían creer que la demora fuera tal. Las miradas se cruzaban entre la incredulidad y el hastío; incluso hubo quien, sin decirlo, había perdido ya toda esperanza de la llegada. Nadie diría nada, en caso de equivocarse serían condenados a un castigo ejemplar. Esperarían lo que fuera necesario, aun si no llegara jamás.
Desde el medio día todo estaba listo; los ahí reunidos llegaban con viandas y flores que traían desde distintos puntos de la ciudad. Se congregaban como lo habían previsto desde hacía tiempo. Era domingo. Por la tarde llegaría el Personaje.
En defensa de los ahí reunidos, sólo diré que el proceso fue doloroso para todos ellos. Las instrucciones dadas para celebrar el día fueron precedidas por actos que jamás habrían imaginado realizar. Para ellos tan sólo se trataba de anécdotas borrosas que pasaban de generación en generación como recordatorio de los desafíos y tribulaciones que los ancestros habían librado, sin embargo, aquel tiempo fue el idóneo y las circunstancias los obligaron a actuar en consecuencia. El patriarca despertó con el nombre del Personaje en la mente. No tuvo más remedio que señalarlo.
El Personaje no pudo si no sentirse desorientado. Tuvo la súbita impresión de que un halo incomprensible le cubría la visión. No pronunció palabra y de inmediato se puso a la disposición del patriarca. De haber sabido que la preparación sería tan ardua, el Personaje habría pensado dos veces el aceptar tal nombramiento. Jornadas completas de oración y ayuno, noches de reflexión solitaria o en compañía de las ancianas beatas que hacían las de concubinas del Patriarca, le resultaban aburridísimas. Incluso un par de ocasiones pensó con seriedad en la posibilidad de escapar. Sólo desistió tras la oportuna mediación de sus hermanas.
La tarde de aquel jueves salió franco, con la única condición de que llegara no después de la media noche. El Personaje para entonces ya lucía famélico, con un aspecto que si bien no producía asco, al menos no resultaba agradable: cabellos y barbas crecidos y cubiertos por un cebo pertinaz; de las ropas ni hablar. Un desastre. Aun así decidió llegar a casa por propio pie. Lo único que deseaba era tomar un largo y tibio baño, beber algún trago y quizá mirar por un rato la televisión. A la media noche estaría de vuelta en la casa del patriarca.
Lo sucedido a continuación jamás lo esperó el Personaje. A decir verdad jamás tuvo conocimiento de su encomienda.
A la llegada a la casa ya lo esperaban dos de los hijos del patriarca. Sonrió. Lo tomaron del cabello y lo arrojaron al suelo para después patearle el rostro únicamente las veces necesarias para que permaneciera en silencio. Adentro no sólo lo esperaba el patriarca y sus concubinas, sino que se encontraban todos los ahí presentes. Cuando comenzaron las torturas, el Personaje miraba absorto los rostros de todos los ahí presentes: todos, incluso sus torturadores lo miraban de un modo compasivo. En tanto el Personaje miraba cómo la sangre comenzaba a salir de sus fosas nasales y boca. Sangre que también brotaba de las magulladuras que reventaban en espalda y pecho producidas por los azotes que le propinaban sus torturadores y en general todos los ahí presentes. Un charco de sangre que comenzaba a cubrir el suelo de la habitación entera y que ya manchaba las suelas del calzado de algunos de los ahí presentes. El Personaje no vio más que sangre corriendo por prácticamente todo su cuerpo, hasta que un puntapié en la sien lo derrumbó, inconciente.

II.
Cuando el Personaje despertó en el basurero del gólgotha no recordaba nada. Se dolió largo rato los golpes y las heridas y los clavos que lo fijaban firmemente de pies y muñecas a una mesa de roble. Como pudo logró librarse de la mesa en la que se encontraba clavado.
Sólo hasta entonces sintió cómo un halo incomprensible le nublaba la visión. Lo entendió todo. Tomó el despojo que fuera su indumentaria y caminó hasta la gasolinera más cercana. Y caminó bastante y nada lograba atemperarlo; aquel halo incomprensible gobernaba sus movimientos y conducta como una instrucción divina.
Ya en la gasolinera, buscó el baño y se aseó con cuidado de no molestar sus heridas. Ya limpio, intentó descifrar el significado de ese halo incomprensible, hasta que la reflexión le indicó que ser el Personaje resultaba poco grato y sumamente inconveniente.

® 2007; Said Javier estrella
Publicado en: El Perro No. 4

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