14.11.07

Noviembre 12. Veracruz, Ver.


El día inicia y no termino de llegar. A las 0 horas me encuentro varado en la central de autobuses de Veracruz. Pese a ser un domingo/lunes anodino, el sitio parece hormiguero. En su mayoría taxistasconcaradeasaltantesconcuerpodetraileros que gritan sus destinos y hostigan a los pasajeros. El tablero del ADO me indica que la última corrida a Xalapa ha salido ya. A las once en punto. Maldigo mi itinerario (me maldigo a mí mismo: yo elegí el itinerario). Pienso en la posibilidad de tomar n taxi: no menos de 200 pesos. ¡Pero qué mierda! La suerte aparece y una corrida extra está a punto de salir.
2 horas de viaje. Con el tiempo que llevo fuera de casa perfectamente pude haber viajado en autobús desde DF y hacer menos tiempo. Qué más da.
Xalapa me resulta inquietante y atractiva. Su olor a frío (jamás percibí el aroma del cafeto en toda mi estadía) y sus nubes que invaden las calles e impiden la visión me emociona sin tener una certeza del por qué. Llegó al hotel y una cucaracha me da la bienvenida en la habitación. Pequeña, amable y escurridiza. Cruje bajo mi suela. Es hora de dormir. En un rato más, tendré que pasar muchas horas sentado en el coloquio (no es queja).
Despierto con un sabor acerino en la lengua. He fumado más de la cuenta y las bacterias, implacables, me pasan la factura. En el baño descubro que las cucarachas además de repulsivas son caníbales: una cucaracha más (ésta viva) merodea y come de los restos de la de anoche. Pienso en el asco y los buchos. Pienso en los humbres.
Orino fuego. Alguna infección, quizá. No recuerdo haber bebido agua simple en semanas. Me ducho. Prendo el televisor y Tabasco sigue inundado. El rey de España le grita a Hugo Chávez. ¡Bah!
Prendo la computadora y pongo música.
A las ocho en punto llamo a la organización del Coloquio. Reclamo (con comprobante de pago en mano) el no haber recibido la confirmación de mi inscripción. Se disculpan pero no han recibido nada. Grito y prendo el primer cigarro del día. El sabor sigue ahí. La boca del estómago se queja. Omito el desayuno y me dirijo de inmediato al teatro del estado.
Después de muchas negociaciones y un tamiz inacabable de organizadores me entregan unas hojas y el programa. Está a punto de ser inaugurado el encuentro y prefiero no perderme nada. Corro a buscar mi lugar y me pongo los audífonos traductores. Aun así no entiendo nada.
Durante un coffee break decido regresar al hotel a buscar mis maletas: he hablado son Israel y accede a hospedarme por una noche. Su casa no tiene cucarachas.


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